“500 años es mucho tiempo, me causa risa saber que en el transcurso de ese tiempo los seres humanos no hemos cambiado en nada, criaturas primitivas, entregándose siempre a sus impulsos y dejándose absorber por ellos creyendo que de esa forma son honestos consigo mismos. He visto a justos acusar, a ricos mendigar, a hombres duros llorar e inclusive he visto a santos pecar, es absurdo si se piensa tan solo un minuto, dicen que somos superiores a los animales, cuando somos nosotros los que aun no han descubierto su papel es este mundo, pero no quiero entrar en detalles complejos, eso es algo aburrido”.
Voz en un bar.:
< Aquel, era un hombre dentro de los limites de lo corriente, de carácter humilde y siempre estaba sumergido en pensamientos, lo que no le daba mucha fama de poseer un carácter social aunque tampoco era un ermitaño, por el contrario, gozaba de tomar largos viajes y créanlo o no, el ha sido él único que ha recorrido todo el continente de Crissova a pie, y dicen que incluso visito los países de Pyrago y Merthe en el continente sur, es algo increíble, si consideran que a una persona ordinaria le tomaría alrededor de 60 años tan solo recorrer Crissova, ¿Qué porque lo creo? , supongo que uno cree lo que quiere creer.
Se sabe que fue caballero, de la corte real del reino de Zylla y fue uno de los mejores, pudo haber aspirado hasta general, un rango bastante elevado, uno lo suficientemente alejado de los campos de batalla para centrarse en levantar estrategias de combate. Pero siempre declinaba las ofertas y prefería seguir siendo un simple caballero, nadie sabia el por qué de no aceptar un puesto mejor remunerado y más importante, más seguro, pero en cierta forma, sus compañeros se lo agradecían en silencio. Agradecimiento que demostraban en el campo de batalla, aun cuando fuera un caballero como los demás, sus demás compañeros y adjuntos seguían sus pasos y órdenes, de esa manera la mayoría lograba salvar la vida.
En lo que se refería a pelea con espada o cuerpo a cuerpo, no había quien se le comparara era simplemente avasallador, podía combatir contra 10 enemigos a la vez y derrotar a todos y a cada uno, pero eso no era lo que mas llamaba la atención sino el hecho de que nunca asestaba el golpe de muerte sobre sus oponentes pero se aseguraba de que ninguno de sus contrincantes volviese a blandir una espada por el resto de sus días, para él era muy sencillo, simplemente les fracturaba el hombro o desgarraba cierto punto detrás de la rodilla para que aquel pobre individuo cojeara para el resto de su vida y tenia muchas otras formas para “convencer” a los del bando contrario a abandonar la lucha. Un día se le asignaría una misión de la que dependería el destino de dos reinos.
En aquel entonces el nuevo rey de Quirargra, el reino mas poderoso de Crissova, se había puesto como meta ser el único rey del continente y para ello tenia que conquistar a sus vecinos y pueblos aledaños, el joven rey, Feliciter Therio II había ocupado el trono a los 19 años de edad después de que el rey Feliciter I muriera misteriosamente en una excursión, para la edad de 21 años ya había derrotado a los reinos de Pyre, Mirna, Kalide y Vitra, el único que faltaba en su lista era Zylla.
De haber iniciado la guerra con este reino, Feliciter encontraría una gran fuerza de resistencia y existía una gran probabilidad de que su ejercito fuera expulsado a la larga, de manera que conquisto a los demás reinos y utilizaría las fuerzas de estos para aunarlas a las suyas, justo aquí es donde entra nuestro protagonista, poco después de la caída de Kalide, el astuto caballero se había unido al ejercito de Quirargra, y debido a sus habilidades no tardó mucho en ganarse la confianza del rey. Y así, la noche anterior al ataque de su hogar y justo en pleno castillo tomaría la vida de Feliciter y de toda la directiva de Quirargra, semejante tarea era un acto de suicidio pero no excluyo a ninguno.
Al día siguiente desapareció y nunca más se le volvió a ver. >
Oiga viejo, ¿Cuál es el caso de esta historia? – Preguntaba el cantinero de una posada, mientras que con ambas manos le daba un pequeño e inútil retoque de brillo a un tarro de cristal ya amarillento, – es muy simple mi amigo, así fue como este reino se gano su libertad – asentando el tarro de manera brusca una sonrisa sarcástica se dibujaba en el rostro del escéptico cantinero – ¿libertad? ¿Qué libertad? Todos y cada uno de los que vivimos en este hoyo al que alguna vez se le llamó reino estamos sumidos en la pobreza, los que tienen suerte son los que mueren antes de llegar a su edad –
El anciano saco un par de monedas de plata y las coloco con sumo cuidado sobre la barra, le temblaba demasiado la mano como para dárselo directamente al cantinero y haciendo uso de sus frágiles músculos alejo el banco para poder emprender camino, no sin antes hacerle una pequeña corrección al exaltado hombre – el nos dio la libertad de seguir viviendo un poco mas, a costa de su propia vida, desafortunadamente solo yo puedo darme cuenta de la magnitud de su sacrificio – el viejo se envolvió así mismo en una manta hecha de una retahíla de diferentes tipos de piel, las costuras de aquella estaban a punto de romperse y la suciedad, el polvo y las manchas que la adornaban daban excusa para el hediondo aroma que se desprendía del mismo, no era mucho, pero lo mantendría seco y caliente, al menos hasta llegar a su hogar, ya que no tenia mucho tiempo desde que una fuerte lluvia empezó a caer sobre el poblado.
Viejo, tiene donde quedarse? Le cobrare tan solo la mitad de precio por una de mis habitaciones más baratas, que dice? – el cantinero parecía sentir un poco de lastima, - el anciano tan solo esta desvariando – se dijo en pensamientos, atribuía aquella historia y el comportamiento del viejo a su avanzada edad – no gracias – respondió el viejo, - vivo en una pequeña choza a las afueras del pueblo, sobre el monte que esta justo antes de llegar al mar, mejor me voy antes de que la lluvia empeore –
A la velocidad que le proporcionaban sus esqueléticas piernas el viejo terminó prácticamente empapado para el momento que llego a su humilde hogar, justo en frente de la puerta de entrada se detuvo un momento y bajó la mirada, cerrando los ojos por un momento suspiro, cuando la puerta de madera se abrió un crujido empezó a escucharse, toda la madera con que la casa estaba construida se encontraba muy desgastada y podrida, el edificio tendría mas o menos la edad del viejo, acto seguido el viejo se quito las ropas mojadas y las coloco frente a un fuego recién hecho en la pequeña chimenea – ¿cuanto ha?, ya no recuerdo, solo se que ya no aguanto mas, ya no puedo continuar, tendré que faltar a mi promesa, mi tiempo aquí terminará pronto, solo. . . tan solo me hubiera gustado haberlo conocido –
Cuando la lluvia había terminado no muy lejos de la pequeña choza un mercader recorría el camino sobre el que se encontraba el edificio – uno mas – exclamo con un cierto aire de confianza, lo único que lo diferenciaba de un ladrón ordinario era que este pagaba una miseria por cosas que tenían mas valor de lo que aparentaban, la persuasión era su mejor herramienta, una persona de ese tipo no dejaría escapar una oportunidad, no importaba lo poco que pudiese conseguir, el sabia que le sacaría todavía mas provecho – ¡la basura de unos es el tesoro de otros! , sip, la primera regla de un mercader que se haga respetar así mismo – sujetando muy bien una robusta cuerda que acomodo en sus hombros apresuro el paso, el otro extremo de la cuerda estaba sujetada a una pequeña carreta, que cargaba sobre si toda una pila de baratijas, que previamente había logrado embaucar, desde lo lejos se logro percatarse de una ventana que daba justo al camino, aquella era una invitación, se asomo por ella y con un leve pero muy claro aviso se hizo notar, - ¿hay alguien? He venido hasta esta morada con la oportunidad de encontrar un tesoro, jeje, claro que pagare muy bien por el, ¿y bien? ¿No hay nadie? –
En una oscura esquina a la que apenas y lograban acariciar unas cuantas puntas de luz se encontraba el viejo, descansando en una mecedora, no todos conocían ese concepto en un objeto de mano de obra hecho con madera, para esos días aquello era algo redundante.
¡oiga amigo! ¿Cuánto por la silla que se balancea? – Los ojos del viajero se centraron sobre aquella inusual maravilla –
OH, ¿esta? No esta a la venta, pero no se preocupe, dentro de poco habrá una de estas en todos lados, desafortunadamente aparte de esto no creo tener algo que pudiera interesarle, a menos que el moho y la suciedad tengan algún valor para usted mi amigo –
Un pequeño suspiro de desilusión fue la única respuesta que encontró el viejo a su propuesta, justo antes de darse la media vuelta, el pasante regreso rápidamente la vista hacia un objeto cuyo reflejo le había pegado justo en medio de los ojos, pudiendo notar muy bien que era, saco una bolsa que acento sobre el marco de la ventana y lo sacudió con la suficiente fuerza como para que cualquiera se percatase de que estaba repleta de monedas.
¿Cuánto por la espada? –
OH, ¿aquella? Hmm, pues si puede cargarla con gusto es toda suya, ¿Cuánto podría ofrecer? –
20 monedas viejo, no le darán un mejor precio por un pedazo de metal oxidado, ¿es un trato?
Es un trato mi amigo –
El viajero lanzo el saco de manera que cayo a los pies de la silla – ahí tiene, ahora si me disculpa, tengo muchos otros lugares por recorrer – apoyo ambas manos sobre el marco y logro meter la mitad de su cuerpo, tan solo lo suficiente como para alcanzar el arma, la tomó con la mano derecha y con la otra se apoyo nuevamente sobre la ventana para poder salir de aquella incomoda posición, aquel hombre tropezó y soltó la espada inmediatamente, el jalón lo agarro de improviso – ¡Dios! Han de ser como 20 kilos, nadie jamás podría usar semejante cosa aun con ambas manos – entrelazo ambas muñecas y las froto entre si, respiró profundamente y nuevamente se dispuso a conseguir su presa de acero oxidado, haciendo uso de una de sus piernas, la mas fuerte y mas sana, ahora se apoyaba de una gran roca que se encontraba justo de bajo del marco de la ventana, una mueca de esfuerzo se plasmaba en el rostro de aquel hombre y con un jalón lento pero constante hacia uso de toda la fuerza que le podía proporcionar débil y delgada persona, era obvio que no se marcharía del lugar hasta no asegurarse de que la espada estuviera fuera del recinto, tomando una ultima bocanada de aire halo por ultima vez y la dejo caer sobre la tierra, el sonido provocado por el golpe le recordó algo muy familiar, algo así como el choque producido entre una roca recién catapultada y la gruesa pared de una fortaleza , nuevamente la tomo por el mango y la coloco en una posición vertical, luego, sosteniéndola de ambos extremos y haciendo uso de ambas piernas la colocó sobre la frágil carreta, la que tembló abruptamente por el peso, las dos ruedas de madera sobre las que descansaba la caja perdieron su forma circular y adoptaron otras mas ovoidal, era cuestión de tiempo para que cedieran al peso, pero era un riesgo que el hombrecillo estaba dispuesto a correr ya que el tiempo apremiaba y era cuestión del mismo para que el viejo percatara de que había sido timado – hasta luego anciano, fue un buen trato en verdad – debido al sobrepeso adquirido, tomó la cuerda para halar y la aseguro a su cintura de tal manera de que ambas piernas se repartieran el peso, aquel, seria un dolor de espalda que jamás lo dejaría en paz.
El viejo no se molestó en tomar la pequeña bolsa de dinero, ésta ya estaba abierta gracias al impacto que tuvo con el suelo, dentro de la abertura el anciano pudo distinguir no todo el contenido de la cartera era de valor, tan solo habían un par de reales de plata y tres de cobre, lo demás eran puros botones de todo tipo de material, algunos de arcilla, otros de madera y otros de una débil aleación de acero, efectivamente, el viejo fue timado por algo muy bajo. De aquello, solo podría sacar para un día de comida decente.
Sin embargo, no parecía importarle mucho al anciano, quien continuo en la silla que se balanceaba hasta que la noche entro a altas horas y el frió recrudeció anunciando el pequeño roció del velo nocturno, fue entonces que el viejo se alejo de su asiento para cerrar la única ventana, de la única habitación en el edificio, el viejo entonces se encamino hacia un estante de madera pegado a una de las paredes del cuarto.
Con toda la calma y serenidad del mundo, el cansado hombre recorrió con la vista la habitación y con ayuda de un pequeño cirio sujeto a un candil de madera, comenzó a dar señas de estar buscando algo con el tanteo de su palma, mientras enchinaba los ojos para poder distinguir mejor debido a lo tenue de la luz que portaba, ya que no tenía mucho tiempo que el fuego se había extinguido.
Sus dedos chocaron ligeramente con lo que estaba buscando, un portarretrato, con la pintura de una mujer que aparentaba la edad de 30 o más años abrazando a un bebe envuelto en una manta de seda de color blanco, algunas lagrimas resbalaron por las mejillas del viejo quien comenzaba a ceder por el peso del retrato, lo coloco nuevamente sobre su lugar pero esta vez de manera que el retrato quedara de cara a la superficie del mueble para no mostrarse a nadie más.
Después de eso se acercó al camastro a un costado de la ventana, descanso el cirio sobre una mesita de descanso adjunta y el viejo se acomodo tranquilamente en su descanso, una vez dentro de las sabanas, el viejo permaneció observando al techo aun con los ojos rojizos y húmedos por las lagrimas y el llanto contenido, múltiples líneas se dibujaban por su rostro y frente, los labios asemejaban grietas en un lago seco, su cabello, o el poco que tenia era tan blanco como la nieve y este cruzaba en surcos por arriba de las orejas, - no quiero despertar… - se dijo el viejo, - ya no puedo mas… - y el viejo cerro los ojos para entregarse al merecido sueño.
No quería pensar en nada más, solo dejarse morir con el transcurso de la noche para no volver a ver la madrugada del siguiente día, el viejo sabía en su interior, de que esta sería la última vez que cerraría los ojos, no sentía el cuerpo, este sueño en particular resultó distinto a todos los demás, por alguna razón ya no se sentía en su hogar ni en su cama, no se sentía en ninguna parte y de igual forma, por alguna razón, no quería comprobarlo, el viejo cayo por fin en un sueño profundo…
Plío, pequeño pueblo al sur de Zylla –
Un lugar calmado y en paz, constituido por tan solo una treintena de chozas, algunas que servían de comercio o servicio, herreros, alfareros, caballeriza, entre algunos otros, la poca gente transitaba con sus asuntos en manos o ayudando a sus esposos en el trabajo, o de igual forma, atendiendo a los viajeros que constantemente transitaban por ahí por provisiones, zurcir ropas, alimentar a los caballos ó simplemente por descanso.
Una mujer de tantas, caminaba apurada mientras cargaba sobre si una canasta con víveres varios, su complexión era la de una mujer trabajadora, con los brazos firmes y de caderas anchas, con tez suave y un rostro amable, las ropas se encontraban un poco manchadas por el sudor y el lodo que salpicaba en algunas ocasiones.
De ojos color miel, piel morena clara y cabello castaño rizado que dejaba caer sobre su espalda, no dejaba duda de que en sus años mozos la mujer fuera el blanco a seguir de muchos enamorados, pero de igual forma representaban la figura de una ahora orgullosa madre, a quien todo mundo saludaba y a quien todo mundo le devolvía afectuosamente el saludo, - como esta el pequeño Sig. Hoy?, vigila que no se meta en muchos problemas jajaja -, le vitoreaban algunos hombres y mujeres en tono cariñoso, - jajaja, ese niño tiene el espíritu de un toro! – respondía la señora sin detener el paso.
Llego entonces a una casa casi al final del pueblo, procedió a entrar a su aposento y una vez dentro pudo descansar su espalda, sin darse no mas de 1 minuto para descansar y retomar nuevamente sus labores, salio por otra puerta a un jardín, el cual daba hacia un arroyo proveniente de las montañas cercanas, un poco de nieve aun permanecía en el panorama, la mayor parte se derretía con el paso del día para poder revivir el flujo normal del arroyo, la risueña y atareada señora ahora cargaba un cesto lleno de mantas y ropas sucias para lavarlas y aprovechar el calor de la tarde para secarlas lo mas pronto.
Sig!! Hijo, despierta ya por favor!!, (dios mío, ese niño duerme tanto como su padre después de un largo viaje) –
Mientras en una habitación contigua a la principal, un cuerpo se retorcía entre bostezos y estirones, un niño de tan solo 11 años de edad con el mismo color de ojos y de piel de su madre, pero con los cabellos lacios y oscuros, el joven tomo un ultimo suspiro despidiendo a su letargo y prosiguió a vestirse para atender al llamado de su estomago antes que al de su madre.
Aun cuando su complexión fuera delgada, el pequeño arremetía sin piedad contra la comida que estaba en la mesa, no fue sino hasta después de saciar su hambre que el joven se aseara el rostro para salir al llamado de su madre varios minutos antes.
Aquel era un hermoso día para hacer cualquier cosa menos trabajar, pensó el muchacho mientras se limpiaba las migajas de la ropa y se acercaba al arroyo…
El joven por fin se mostró presto a atender al llamado de su madre, un gran peso se acopiaba en la suelas de sus zapatos, lo que significaba para él uno de tantos avisos para desatender toda aquella labor que pudiera requerir de un gran esfuerzo. – Sigfried, quiero que hoy me ayudes con estas mantas, deben de estar listas para hoy antes del medio día, alguna pregunta jovencito? – El joven se cruzo de brazos, arrimo el mentón sobre el pecho y oprimió los dientes para responder de forma rezongona – no me llames Sigfried, dime Sig mamá, como todos – para la madre esto se había convertido en gracia habitual, puesto que ella sabía muy bien que obtenía toda la atención del muchacho, ó al menos la necesaria, cuando le llamaba por su nombre completo -muy bien Sig, tú termina con esto para que luego hagas un viaje al mercado, aun nos faltan muchos preparativos -, sacudió con la palma el sedoso cabello del niño para luego darle un beso en la mejilla como pequeño pero amable castigo, puesto que de igual forma sabía que esto desconcertaba a su hijo, después de esto se adentro de nuevo en la casa para comenzar a preparar los alimentos.
El evento en sí no trataba de otra cosa que la comida, la modesta feria adornada de actores improvisados por vecinos y campesinos, juegos, concursos y pruebas para los hombres y danza para las mujeres, toda esta ceremonia era una fiesta de bienvenida para los viajeros del pueblo, un grupo de no mas de 50 hombres, de talante riguroso y espíritu inquebrantable, requisitos indispensables para las encomiendas de traer nuevas herramientas, nuevas semillas para los pastizales y raíces jóvenes para plantar a futuros árboles, pieles de diversos tipos y una que otra pequeña comitiva de animales como ovejas, cerdos, aves y ganado. Estos viajes resultaban en una gran ayuda para el sustento económico del pueblo, pero eran demasiado extensos y los peligros muchos, debido a esto los hombres eran tratados como héroes y algunas otras como mártires, así pues, el gran festival daría inicio hasta el día de mañana y todo el pueblo se preparaba para la mas propia bienvenida.
Esta se había convertido en tradición a partir del primer viaje realizado, cuando en el pueblo apenas vivían 20 habitantes, con los años poco a poco fueron progresando gracias a esta ardua labor y que con los mismo fue ganando más y más prestigio, “los montañeses”, les llamaban los foráneos, gente de arrojo instintivo y de carácter humilde, aunque se sabe que sus ancestros fueron gitanos que por alguna extraña razón decidieron asentarse bajo el abrigo de los cerros, montes y montañas, quizás debido a la increíble paz y quietud que se respiraba bajo el abrigo de la zona, no obstante la dificultad de conseguir alimento de otras más alejadas, en algunos casos los viajeros realizaban jornadas de 3 meses antes de regresar con sus seres queridos, pero todo en este lugar bien valía el precio.
Uno de estos viajeros era el padre del joven, de nombre Arthur, era un representante andante de la palabra fortaleza, experimentado en muchas ramas de trabajo pesado, de estatura promedio y fisiología intensa y adaptada a una vida dedicada a una como tal, de cabello oscuro, rizado y discreto, junto con las patillas y la barba profusa denotaban un rostro de experiencia acumulada en generaciones anteriores. Arthur era el líder del grupo, el encargado de la seguridad y de minorizar el trayecto. Un hombre de carácter sencillo y de aspiraciones humildes, nunca nadie dudaba que las decisiones que tomaba eran en beneficio del pueblo y de su familia.
De regreso al pueblo la señora aun se encontraba ensimismada en sus labores de cocina mientras que su hijo luchaba con cuerpo y alma para desmanchar la docena de mantas y tenderlas antes del medio día como había prometido disimuladamente, para el joven evadir a sus responsabilidades era motivo de vergüenza, tal y como su padre le había enseñado con sus propios ejemplos, el joven tallaba con más rapidez y con más fuerza cada vez que estas se le iban agotando, al final del día sabía que esto le serviría en el futuro.
El pequeño Sigfried, quien llevaba el nombre de su tatarabuelo y los apellidos de Van, por parte del padre, Volteen, por parte de la madre, resulto ser un joven distraído, ingenuo en la mayoría de las ocasiones, lo suficiente como para no percatarse de que atraía demasiado a los jóvenes corazones de las niñas quienes por naturaleza maduraban mas rápido que los niños, despreocupado salvo para jugar con los amigos y probarse así mismo ante cualquier empresa, ya fuera cazar un jabalí o pescar tranquilamente en el arroyo, a su corta edad ya muchos en el pueblo consideraban un hecho fehaciente que ocuparía el puesto de su padre el día de mañana.
Caída la noche y no muy lejos del pueblo deambulaba una figura misteriosa postrada sobre su caballo, un animal moribundo y que con dificultad galopaba sobre el escarpado terreno montañoso, el hombre de igual forma presentaba señas de injurias y descuidos y uno que otro moretón sobre el rostro, portaba una armadura desgastada, con hendiduras en varias zonas de la coraza, dadas estas condiciones aparentaba estar viajando desde varios días atrás sin probar alimento o recibir descanso, al cabo de unos cuantos minutos más, llego a las inmediaciones del pueblo en donde no demoró en llamar la atención, al advertir este hecho disfrazo cualquier mal entendido con una pequeña sonrisa para luego soltar las riendas del caballo y dejarse caer de la montura, la gente ahí reunida se acerco dispuesta a prestarle ayuda.
Todo aquello no importuno a los habitantes en torno a los preparativos, tan pronto atendieron al hombre y a su corcel procedieron a reanudar las tareas que aun hacían falta. El hombre se encontraba placidamente dormido en una de las habitaciones dentro de la posada del pueblo, mientras le liberaban del peso de la armadura, aquellos que lo atendían confesaron que no despertaría sino hasta la noche siguiente, y no antes, dadas las condiciones en las que se encontraba.
Las horas transcurrieron como minutos y al despuntar la mañana, ya todo se encontraba listo para recibir a los viajeros para eso del medio día, de modo que durante ese tiempo se difundió la noticia del visitante misterioso al pueblo, algunas mujeres profesaban mal augurio, los hombres eran mas cerrados en cuanto a la materia y únicamente comentaban que se trataba de un caballero extraviado, entre los niños en general se había despertado la curiosidad y varios de ellos se arremolinaban debajo de la ventana contigua a la habitación del misterioso sujeto quien aun dormía profundamente.
El herrero local examino primero al caballo y procedió a realizar un cambio de herraduras, ya que todas presentaban desgaste, seguidamente reviso la armadura y la espada del viajero, - esto no tiene remedio – se dijo así mismo y los coloco a un lado de la chatarra que días después derretiría al fuego para utilizarla en nuevas herramientas, cerraduras, faroles para las calles etcétera.
La mañana se disipo fugazmente y el sol se desplazaba justo a mitad del cielo, lo que anunciaba el medio día, el pueblo se encontraba listo y a la expectativa, reunidos todos en la plaza central esperando divisar a lo lejos a los viajeros. Todos guardaban silencio, el joven Sig. Estaba junto a su madre abrazado de ella o mas bien de su falda, al momento que impacientemente daba brincos y en otros instantes miraba a ver a su madre para preguntarle con la vista, ¿en donde esta?, los minutos transcurrían poco a poco y entre la multitud se comenzaba a escuchar murmullos y comentarios para luego guardar silencio otra vez en lo que perfeccionaban el oído y la vista para estar mas atentos y fue cuando alguien grito: - ahí vienen! – y la multitud estallo en gritos, silbidos, aplausos y risas al presenciar como a lo lejos se acercaba la caravana saludando con los brazos en alto sin descuidar todo aquello que traían consigo.
La madre abrazo a Sig. y sonriente le dijo, - ya esta aquí… -
No rebasaban las siete de la mañana del nuevo día, en las calles formadas de roca sólida, aun permanecían los arreglos sobre los pórticos y las orillas de los tejados, los juegos improvisados aun armados y asegurados al suelo por estacas sobre tierra mojada y algo de pasto que crecía cómodamente, en otras partes algunas mantas habían caído al suelo y sobre este de igual forma se encontraba todo tipo de fruta o golosinas improvisadas y a todo lo envolvía el roció de la mañana.

1 comentarios:
Es bueno que la historia no se quedara en el espacio y en la imaginacion de algunos, que gusto que le halles un espacio para continuar! espero con ansias la siguiente entrega XD
Publicar un comentario en la entrada