- No ahora por favor, no ahora! –
El cuerpo del caballero cayó sobre sus rodillas, soportando apenas el peso de los cascos de metal que eran parte de la armadura, aunque desde hacía ya varios años que no usaba todo el conjunto no por ello el peso era menos soportable; casi siempre considerando que sin sus piernas, un caballero no es nada.
El dolor presionaba al corazón, por encima de sus ropas el hombre agonizaba rasguñando su pecho hasta que no tuvo otra opción que expulsar con sangre el sufrimiento, desde el fondo del estómago, recorriendo la tráquea y al final por las fauces; el charco de agua a sus pies quedó enrojecido y una estrepitosa tos seca sucedía a la conmoción del llanto del caballero que había sido violentamente interrumpido, el recuerdo de su hijo y esposa fueron enjuagados entre sangre y agua dulce.
- Ya falta poco… -
Sir Drake pudo erguirse de nuevo con algo menos que la entereza de un espíritu atormentado, alzó la mirada al cielo, jurando con la misma, desafiando a cualquier cosa que quisiera interponerse en su destino; sosegando el dolor con una sonrisa histérica y recibiendo las pesadas gotas de lluvia acompañadas a la par por líneas deformes de luz y una filarmónica propia de demonios. El hombre en penumbras miró a la torre del honor, al claustro de su pupilo e inquirió de nuevo para nadie y para sí mismo. – Falta poco –
En el interior de aquella torre, el joven Sigfried aprovechó la noche para tomar un largo baño, pensando que tal ves el agua fría podría liberar su mente de las ataduras del hastío y la desesperanza de un encierro a punta de pluma. En su mente las palabras del libro escrito por Zuria eran repasadas incansablemente, provocando una estampida de sonidos irreconocibles., todo era inútil. Las puertas no se abrirían por la fuerza y la llave que las liberaba no existía, al menos no se encontraba ni siquiera en el último rincón de la torre. Sigfried había comenzando a comprender que en verdad estaba encerrado y permanecería así de no romper con la aparente enseñanza, aún cuando esta no estuviese al alcance de la vista.
A buen entender pocas palabras. En resumen el libro tan sólo hablaba de las bases para la formación del honor, empezando por sus características principales: no puede ser buscado, no puede ser humillado y como todo bien, se reproduce así mismo. Es lo más importante para todo quien se aprecie de ser llamado caballero, reconocido o no, el honor estaba a todo momento en la mente de la persona ordenada bajo la espada. Para ser digno en el honor uno debe reconocerse libre de toda atadura, de todo sistema y de toda ignorancia, entonces el honor y la libertad aunque no iban juntas de la mano, coexistían mejor que cualquiera, inclusive en un mundo sin reglas aparentes.
¿Cómo alguien puede fomentarse en el honor si está encerrado todo el tiempo, durante el día y a lo largo de la noche? Sigfried no podía comprender la complejidad de la pregunta. Dentro del vaivén de diminutas olas en la tina circular, el joven poco a poco fue rindiéndose al cansancio. Remembrando tiempos no tan lejanos, en compañía de su familia.
No sabía que hora de la noche era, sin embargo podía sentirla. Era probable que su padre estuviese preparando todo para partir a una nueva expedición, mientras su madre y su pequeña hermana aún descansaban pues ya estaban acostumbradas a buscarlo al día siguiente y no encontrar más que el rastro de sus pisadas en el fango cercano. Después de la partida, ellas como todo el pueblo, comenzarían a preparar su regreso, sobran las mujeres, los niños y los hombres de avanzada edad, salvo por el herrero.
Milena, la hermana de Sigfried, nació un año después a la partida de Sir Drake. Su hermano mayor tuvo tiempo suficiente para enseñarle los mejores escondites y de como pescar un pez con las manos usando la paciencia de los osos de río cuesta abajo. Su compinche en bromas y su mejor aprendiz, desde pequeña, Milena fue considerada una promesa para el pueblo al igual que sus padres y que su hermano mayor. Bautizada como la diosa del fuego, puesto que la pequeña llegó al mundo con una corona de rizos rojizos, y con el tiempo, pequeñas pecas fueron apareciendo en su rostro, la niña cautivaba con la mirada, tal como su madre.
Que descuidado, no eran tiempos para viajar, eran tiempos de cosechar todo lo que se sembró meses antes. Eran vísperas de las fiestas primavera. Sigfried lo había olvidado después de todo, de igual forma le tomó por descuido el próximo cumpleaños de su hermanita quien ya estaba por cumplir los siete. Conociendo a sus padres, una reunión en casa ya estaba preparada, nada llamativo, solo amigos cercanos.
Un ruido al fondo de la pila de agua despertó al joven de sus pensamientos. El agua comenzaba a vaciarse, el mecanismo de los sobrepesos había sido activado para no rebosar, el agua era expulsada hacia fuera de la torre a través de un sistema de canales y posteriormente, podría ser rellenada. El aprendiz se secó con calma y tomó sus ropas de nuevo, cerca de la ventana se dispuso a mirar como si nada la lluvia que terminaba, en la terraza no había signos de vida, Sir Drake ya estaba en sus aposentos.
- Honor, libertad. potencialidad… -
Sigfried suspiraba al tiempo que contemplaba las estrellas.
- “La libertad, tiene potencia para convertirse en honor, pero ésta sólo puede actuar como intermediaria entre el hombre y el honor mismo.” –
Uno de los párrafos del libro escrito por Zuria. Quizá el más complicado de todos, eran los tres elementos que sobresalían del pequeño libro.
- Ahh! Maldición, qué significa todo esto?! -
- Honor, libertad, potencialidad – Sigfried había perdido la noción de sus propios pasos, las rodillas ya no respondían ante el cansancio y de vez en cuando sus pies tropezaban el uno con el otro a pesar de haber recorrido el mismo camino tantas veces. “Tres elementos que sobresalían de los demás”
Regresando sobre sus pasos, el aprendiz bajó al piso donde se encontraba la biblioteca. Los anaqueles ya estaban escorados de modo que encontrar el libro de Zuria fue bastante accesible, los ojos cansados no repasaban las palabras, no tenía caso realmente. Más bien, las hojas eran pasadas una tras otra, de principio a fin y de regreso, pero sin esperar encontrar nada importante. Sigfried inspeccionó el libro con atención a los detalles, el escrito no tenía fecha, solo autoría. Pocas imágenes, se hacía referencia a las espadas, pero nada fuera de lo común, dejando eso de lado, las hojas eran delgadas y la pasta marrón consistía de madera, tal vez pino, era todo.
El libro regresó a su lugar de descanso. Sigfried ya había leído otros libros más extensos del mismo anaquel, descubrió que los pequeños, con forro más elaborado, contenían textos que servían de guía. Los más grandes y pesados con pasta delgada y sin detalles, eran registros de eventos; travesías, misiones, ordenes de salvaguarda y protección; reportes hechos aparentemente por el capitán de los 13.
En el anaquel que el joven había elegido desde que se encontró atrapado, se hallaban solo 4 libros de instrucción y por lo menos 30 de reportes, pero no había diferencia, en ninguno de ellos existía llave aparente para liberarlo de su cautiverio. Sigfried consideró que ya había terminado de revisar dicho anaquel; y para su segunda revisión eligió el anaquel número 9, el símbolo en este anaquel estaba de igual modo entre los tres cerrojos de la puerta de salida. Este anaquel en particular tenía muy pocos libros de reporte, los libros de guía rebasaban los 50, Sigfried comenzó a leer los títulos de cada uno y se alegró de que una palabra sobresaliera de todas “Libertad” lo bueno era que al parecer la pista era correcta, lo malo, era que no sabía con cual de todos debía iniciar, dado que no estaban numerados y todos partían del mismo autor que en el anaquel anterior. – Vaya, a Zuria le gustaba escribir… - Las horas por fin pesaron sobre la mente de Sigfried, decidido a dejar la investigación para el día siguiente bajó al primer nivel y se recostó en la cama, y sin pensar en nada más se quedo dormido.
Las aves no anunciaron la mañana siguiente, salvo la brisa matutina que remojaba los rostros escondidos entre sábanas, queriendo negar el aviso del trabajo por hacerse. La mañana fue silenciosa y por las horas siguientes continuó así. Al centro del poblado, trozos de madera caían calcinados sobre nieve y lodo, el olor a humo había esparcido su brazo más haya de la fortaleza de árboles en el bosque cercano, era lo suficientemente espeso para bloquear la luz del sol y crear así la sensación de un día nublado. Entre los escombros del centro, una tos seca comenzaba a escucharse, débil, ya sea por lo húmedo del lugar o por el humo que estaba estancado tan cerca del suelo.
La figura estaba en vuelta entre mantos y pieles, ocultando su rostro del frío y recuperando fuerzas, no existía vida en los alrededores, de modo que la persona se estaba tomando su tiempo, estaba exhausto. A un costado, una espada incrustada con fuerza sobre la roca de una pared derribada, la sangre sobre ella estaba fresca y aún podían escucharse los choques de acero de la noche anterior a través de la hoja afilada. Con forme la luz se filtraba por entre las nubes y el humo, figuras de sombras se iban dibujando en el suelo blanco, personas arrojadas al suelo, inertes, creando en conjunto una melodía que cantaba sobre batallas y culminaba con la muerte. Cerca de la persona envuelta, estaba un cuerpo arrodillado, su propio peso lo mantenía erguido, salvo que sobre los hombros no descansaba la cabeza del difunto, estaba extraviada, tal vez devorada por los lobos.
La persona de junto se descubría por fin ante el día que comenzaba. La mirada era una mezcla de enojo y tristeza, y sobre los ojos y aun costado de estos, dos cicatrices estaban aún frescas, la sangre apenas las estaba cerrando. Sobre el cuello del joven un escudo de armas colgaba sin el brillo que tuviera años atrás, optó por levantarse de su lugar y tomar su espada, dudo unos momentos al tomarla, el peso parecía haber aumentado de manera extraña, era lógico, su cuerpo estaba cansado y las fuerzas le estaban jugando una jugarreta, presto a tomar el arma, comenzó su camino a algún lugar con mejores condiciones que las actuales. – Adiós Moritz – dijo el joven.
- Milena, mi amor. Te extraño tanto y las noches que me faltan por vivir son el peor castigo que pueda merecer. Con que ansias quisiera poder verte de nuevo, como el día en que te encontré por primera vez, tan ingenua y absorta de la vida que pasaba a un lado de tu silueta. Me arriesgué por primera vez en toda mi vida y toda mi existencia quedó resumida a una palabra tuya, nací de nuevo cuando aceptaste vivir a mi lado. Dios, cómo quisiera poder besarte al menos una vez más, acariciarte y despertar contigo al día siguiente. Te amo tanto y sabes que siempre te amaré. Le pido mucho al cielo que esta noche me permita dormir en paz y pueda conciliar el sueño, que me permita soñar contigo y nuestro hijo y que por unas cuantas horas, podamos ser una familia de nuevo. –
Al terminar la plegaria, Sir Drake se recostó sobre la pieza de dormir, era tan cómoda como una roca afilada y todo en aquella habitación le atosigaba con recuerdos del pasado. El caballero debía optar por velar la noche en pena, o tratar de dormir y despertar con un terrible dolor de columna al día siguiente.
Varios maderos viejos fueron lanzados a una caldera que resplandecía en la noche. Entre los trozos de carbón incandescentes la hoja de una espada comenzaba a tener forma, los golpes del mazo dibujaban la silueta con cada choque y de estos el llanto del acero circundaba por la modesta herrería. El herrero trabajaba a su mejor ritmo a altas horas de la noche y en la madrugada, el calor temperaba su cuerpo y le mantenía a salvo de las noches más frías del año. Tomando la espada con unas pinzas, sumergió el arma en la pileta de agua de junto, el vapor emergió al instante y al disiparse se mostraba una sombra postrada a la entrada del local. El herrero no se inmutó demasiado, sin detener su trabajo saludo al viajero.
- Es un poco tarde para estar vagando por ahí señor –
- Arthur, busco a Sir Arthur, alguna vez fue un hombre de armas, de modo que ud. debe conocerlo –
- Conozco a un Arthur, el único del pueblo, pero porqué debería decirle eso a alguien que no dice su nombre –
- Mi nombre es Drago y he venido desde muy lejos para encontrarme con esta persona, dígame, donde puedo encontrarle –
- Con gusto le diré todo lo que necesite saber cuando el pueblo inicie sus actividades, a estas horas, dudo que sirva de mucho ir a visitar a alguien mientras descansa tranquilamente en su hogar –
- Que puedo decirle, tengo algo de prisa, además. El hombre que busco esta entrenado para dormir un par de horas al día, así que dudo mucho que se encuentre dormido –
- Como ud. quiera. No es mi trabajo servir de inquisidor, es la casa que está más cercana al río, pero espero que lo que dice sea verdad y no sea inoportuno para la humilde familia que ahí vive –
- Soy tan sólo un hombre, si mis intenciones no son de confianza, puede despertar a la guardia local, no me molestaré –
- Así lo haré, solo por si acaso, aunque quiera confiar en sus palabras, el hecho de que se esconda entre su manto de viaje no me tranquiliza demasiado –
Aquel viajero continuó su camino sobre la dirección señalada, tal como estaba predicho, la única casa cercana al arroyo se encontraba a oscuras y sin aparente actividad desde sus adentros. El viajero rodeo el edificio buscando la entrada posterior, al dar con ella basto acercarse un poco para que la puerta se abriera sigilosamente.
- No pensé que fuera ud. señor –
- Arthur –
- Capitán… -
Tomando la capucha por los costados el viajero mostraba un rostro viejo, de barba y bigotes desalineados y mirada apesadumbrada. Arthur acompañó al viajero a la orilla del río, lejos de los oídos de su familia, el esposo ya sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que su pareja notara su ausencia. Ambos aprovecharían el tiempo para mantenerse al tanto de los últimos años.
- Ha pasado tiempo Arthur –
- Si señor, sin duda –
- No pienso quitarte mucho tiempo, sólo dime lo que necesito saber –
- Drake llegó al pueblo hace poco más de 5 años –
- Ya veo, su visita no pudo haber sido una simple coincidencia, tal vez supo que yo vendría a visitarte –
- Es muy probable capitán. También mencionó que Samuel y Lisa habían muerto... –
- Es verdad –
- Junto con ud. capitán... –
- Ya veo –
- Ahora que ellos no están, supongo que no queda más que hacer que esperar –
- Todo depende, aún quedamos tu y yo –
- Hay una última cosa señor… -
- Habla –
- El renuevo se ha mostrado por sí mismo, tal como estaba predicho –
- No puede ser, todo lo que estaba escrito está sucediendo, quien es? –
- Mi hijo señor… -
- Entiendes la gravedad de esto que me dices verdad? –
- La entiendo, mucho me temo que no pude hacer nada en el momento, Sir Drake me advirtió de un ataque al pueblo en los próximos años y que durante el mismo, mi primogénito iba a fallecer, dejarlo ir lejos de aquí era la única solución –
- Y le creíste? –
- No tuve elección señor, no había forma de refutarlo, no a él –
- Todo se complica Arthur, si esto continua así ambos sabemos cual será el desenlace –
- Estoy dispuesto a morir por mi familia señor –
- Por qué no has desalojado a tu familia, debes hacerle caso a Drake y abandonar este sitio –
- Lo haré, en tanto la salud de mi esposa mejore, es un largo viaje y deben estar en buenas condiciones –
- Por tu seguridad y la de ella, no le digas a nadie a donde las vas a llevar, ni siquiera a mi –
- Lo sé señor, pierda cuidado, que hará ahora? –
- Debo retornar a mi puesto en las siguientes 30hrs, presentar el reporte y tomar acciones para los años venideros –
- Se enfrentará a su propio hijo señor? –
- Soy el único que puede hacerle frente, todos los demás murieron para protegerme hasta que fuera el momento propicio, desafortunadamente eso lo ha puesto en ventaja y nuestras posibilidades se agotan –
- Ordenes señor…? –
- Cuando el día llegue, encuéntrame en la capital de Pyrago, mantente al resguardo hasta entonces y prepárate, pues si todo se pierde, no tendremos más opción que eliminar al renuevo… -
- Lo sé señor –

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